martes 13 de enero de 2009

Año nuevo

Nadie dijo “Dos mil ocho” otra vez. Los encargados de poner las fechas cerraron sus maletines y pasaron al salón de descanso a beber una copa. En la barra, había los que discutían las nuevas formas de inducir cifras en los cerebros humanos; había los que se burlaban de los jubilados, aquellos viejos destinados a acumular los números en los closets de sus casas, ya sin un uso que darles y resignados a recibir las notificaciones de los años siguientes. Había un par de obstinados que encontraban gracioso el hecho de que al despido de tal, un hombre se había quedado pensando en 1977 para siempre; a otros les era indiferente lo que ocurría con el resultado de su trabajo, les bastaba con recibir una paga para quedar satisfechos. Uno de estos indiferentes personajes, con su corbata azul cielo aún puesta, fijó la mirada en el archivero gris (un típico archivero gris de las oficinas Tiempo Real) que llevaba el tipo que se encontraba a su lado en la barra del bar. Las fichas parecían exceder la cantidad normal, al punto que deformaban la piel suave del maletín y dijo, casi sin pensarlo, “Eh, sí que has trabajado hoy...”. El dueño de los papeles (traje gris, sin corbata y con anteojos) volteó lentamente y fijo su mirada vidriosa y oxidada en los ojos de su compañero de barra. Sin saber qué hacer, el sujeto de la corbata alzó con mano temblorosa su trago y bebió desesperadamente dos grandes tragos de whisky. Finalmente, con la boca aún escurriendo los rastro del ultimo sorbo sobre el cielo raso en su pecho, añadió: “No es que me importe”. La corbata azul no sabía si eran los ojos melancólicos del dueño del rebosante maletín o el cansancio acumulado de las últimas semanas, pero de pronto sintió que una fuerza lo atascaba a su banquillo y lo acorralaba a permanecer sentado en esa situación incómoda. “No te apures”, dijo lacónicamente el de los anteojos, al tiempo que ladeaba su copa de vino y perdía la vista en el color bermejo. El silencio se restableció entre ellos. La nube de las conversaciones circundantes se dejó escuchar de nuevo en los oídos de la corbata azul cielo quien, con un poco menos de desenfreno, apuró el resto de líquido que quedaba en su vaso, hasta que los hielos dieron con la punta de su nariz. Sumiso, miró en el interior de sus bolsillos, revisó discretamente el fondo de su cartera, pero no encontró nada. Se distrajo brevemente en los frascos y en las botellas del mostrador, lo suficiente como para que algo de hielo se hiciera agua. Esta vez, resignado, se colocó el vaso en posición de beber dejando que un último y menudo trago se disolviera en su boca, mitad saliva, mitad hielo. Se echó para atrás y bajó del banco para dirigirse a su casa. Su traje gris se difuminó entre los trajes grises de la sala

El maletín atestado de papeles apenas se movió. La mirada grisácea de su dueño continuaba extenuándose entre los colores rojizos de la copa. Algo así como “No hay nada más viejo que el oro” masculló, y de un sólo trago devoró el contenido de la copa que lo hipnotizaba; volvió a ladearla sujetándola con los dedos estirados y por un corto lapso de tiempo la miró como si en su interior aún se mecieran los destellos rojos del vino. Pero nada. Apoyó la copa, miró de reojo sus dedos amarillentos sobre la barra y dejó que el encargado vertiera más contenido en el interior de su vaso. Así pasó toda la noche. En cada copa se bebía las miradas perdidas de los que lo rodeaban, las discusiones acaloradas, las discusiones absurdas, los besos calientes de los que se arremolinaban de camino al baño, la danza despreocupada del gerente ebrio, el rostro sonrojado de la secretaria que aún conservaba el peinado rígido, las notas desafinadas del que había insistido en tocar el piano... Cada copa se llenaba de gestos y de humores nuevos, pero en medio de todo, entre su garganta y su pecho, se acumulaba una tibieza, un calor saturado, pero complaciente.

Salió del salón cuando las luces del amanecer apenas se insinuaban. Caminaba mareado, bailando de un lado a otro en medio de la avenida. Se dejaba llevar ciegamente por los pasos que apenas podía dar, hasta que su silueta se perdió como un trago dulce, visible en el vaivén remoto que prometía el alba.

M.J.R.
31 de diciembre de 2008