jueves 24 de enero de 2008


lunes 7 de enero de 2008

Sobre la arena

El camello que babea la arena no tiene idea de tu sed ni de tu calor. Estás hundido hasta las rodillas, bajo el entumecimiento del salitre, junto a él. Pensaste que estabas enfermo y te has echado un montón de mantas encima. Sudas tu enfermedad. Te han servido el té porque nadie quiere verte molesto. El camello resuella. Otra vez el camello. Tienes tres boletos en la cartera y no te subes a ningún tren. Pensaste que los boletos serían más grandes, pero son pequeños y te caben ahí, casi se deshacen al tacto, se pierden en tu mano en donde se ha formado un charco de sudor. Un niño te jala del brazo y luego se distrae persiguiendo algo en la arena. Estás solo, parado en el centro de una sala, en una casa en la que nunca has estado. Definitivamente es tu casa. Sabes que si hay un librero allá, un sillón, una ventana, es porque tú sabes que hay un librero, un sillón y una ventana. Es tu casa, con esa luz de mediodía quemándose afuera. Y te andan buscando o tú has estado buscando algo. La sala está inundada. Te ves los zapatos a través de una estela del agua que ha agitado un ave a su paso (eso es lo que mantiene ocupado al niño, tu hijo, que revuelve la arena buscando las patas delgadas y largas de la garza que atraviesa la habitación). Tienes el pantalón mojado y se te pega a las piernas. Crees ver un pez nadando entre tus pies. Traes puestos unos zapatos de tap que te ponen un poco triste. La garza se ha librado del niño, se esconde de él en una jungla de sillas y plantas exóticas. Te está viendo los zapatos, le pertenecen o le dan risa. No quieres que se burle, pero no puedes dárselos, hacen juego con tu pantalón. Está mojado. Te sientes mejor así. Te has quitado todo de encima y ya no sudas, pero no estás desnudo; tal vez es sólo porque estás de pie que has dejado de sentirte enfermo. Estás mejor ahí, porque no estás enfermo, sólo cansado, sólo un poco de sal en las piernas. A donde se mueve el ave crecen plantas de hojas anchas. El niño nunca va a encontrarla y es mejor así. Si avanza un poquito, la jungla crece y decrece siguiéndola. Es algo increíble de ver. Pero estás cansado y te gustaría cerrar los ojos. La garza no va a venir a quitarte los zapatos. Sólo no quieres dejar de verla avanzar con esa selva que la sigue como sombra. Te pesan los pantalones, son demasiado gruesos para estar mojados. Debes descansar.

Te sientas en la penumbra que hamaca el librero, en una silla verde oscuro que tiene que ver con la garza. El librero es una sombra que se mece y el sol se filtra por entre los libros como a través de las palmeras. Acabas de llegar o habías estado sentado en ese sillón verde desde antes, desde siempre. Debiste haber buscado una silla, algo sin tela. Ahora mojarás todo con tu pantalón. Tienes sed. El hombre de la barba blanca y el monóculo en el ojo izquierdo toma su taza y te dice algo muy importante que después olvidarás. Algo dulce que te tranquiliza. Tiene razón: los árboles no se desploman. Tiene ojos grandes y considerados. El camello te ofrece un poco de agua. Es un sutil ofrecimiento, apenas empuja un poco el balde con la pata, lo suficiente para agitarla y hacer que salpique un poco en la arena. Es un balde de aluminio. Te ha dicho que está limpio, pero no puedes evitar pensar que es suyo, que ha bebido con su gran hocico de ese mismo balde que ahora te ofrece. Y te mira, y te sientes comprometido de una forma dolorosa, porque te conmueve su bondad. No bebes el agua.

Debes subir al barco mientras haya aves merodeando el puerto, es la mejor forma de viajar. Tu hijo está parado frente a ti, con sus pequeños pies descalzos bajo el agua. La arena está caliente, no debería estar descalzo. No puedes regañarlo, es muy pequeño, te cabe en la palma de la mano, en la bolsa del saco morado que te has puesto con mucho trabajo. El muelle está detrás de la puerta, cruzando el pasillo, el niño lo sabe. El viejo no viene con ustedes, es una pena. No estás seguro si le ha ofendido que no bebieras del balde del camello (tiene esos ojos grandes y considerados, muy apacibles). Te ha dado una maleta para que se la entregues a su esposa que murió el año pasado. Tratas de explicarle que tu viaje no tiene nada que ver con eso, pero él es muy firme y vuelve a hablarte de los árboles que no se desploman. Tiene sentido. Tomas la maleta. El asa está húmeda, temes que al correr se te resbale entre los dedos y se moje toda. Te da miedo pensar en la baba del camello. Sabes que ha sido él quien ha llevado antes esa maleta. Y tú has sido tan grosero, tan descortés, sólo te ha ofrecido agua y tú has sentido asco en lugar de sentir sed. Ahora te preocupa que la humedad de la maleta no sea agua, sino su propia saliva. Tu hijo estará triste por el camello, pero fresco. Por la tela del bolsillo corre el aire y le has puesto zapatos. Quieres revisar que esté bien. Sólo tienes que alzar un poquito con el dedo la tela de la bolsa para verle dormir, pero parece demasiado complicado. Lo imaginas cobijado por una sombra morada, oscura, fresca. Alzar un poquito la tela de tu saco es muy complicado, ya lo has intentando varias veces y nada. Es mejor irse ahora.
Qué calor sientes en las piernas. El agua ha comenzado a evaporarse, eso pasa cuando hay muchos barcos en el muelle. El mediodía se quema afuera y dentro la luz es hermosa. Tienes una casa impresionante. No son los muebles ni los libros, ni esa escalera enorme y enredada. Es la luz, el vapor que refleja con elegancia el mediodía quemándose afuera. Tienes que irte. La garza se ha ido. Te gustaría poder recordar esto para siempre. No quieres que esa deje de ser tu casa. Esa luz. Pero tienes sed. Será mejor volar. Más rápido, más fresco. No vas a soltar la maleta. Desde lo alto vez la silueta del camello en la arena. Está ahí, tirado. Inmóvil. Quizás descanse, después de todo. El viejo del monóculo se ha quedado dormido sobre el sillón, sentado. Deseas que no tenga sed, que duerma, que sueñe bajo alguna sombra. Alguien ha abierto una ventana, sólo eso... vuelas sobre el desierto. Tu casa es un punto sobre la arena.