martes 26 de febrero de 2008

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En lo más profundo nos está esperando
porque tiene la paciencia para vernos ser,
para escuchar nuestro corazón sonámbulo.
En una sombra nos mece,
como a los hijos que quiere tener,
y cruza las cosas y las horas en los sueños
para distraer a las pesadillas.
Somos su germinación más rara,
más frágil.
Desde siempre nos quiere,
y a la luz del día nos hace regalos:
el mar y el vuelo de las hojas para estas manos,
el sol para hacer agua este cuerpo;
también nos da esas palabras
que son como piedras que hunden el agua
y no la rompen.
Nos mete luz en los ojos
para que veamos las flores
y esos otros ojos que han de condenarnos.
Nos encuentra un nido vegetal donde apoyar el alma,
un descanso de arena cuando el calor no sede.
Cuida de nosotros
nos confunde,
“Abre bien los ojos”
“No te olvides de sentir nada”
Y al final vemos lo que tenemos paciencia de ver,
lo que quiere mostrarse,
el final de una gota de agua,
la turbación
la infinita ternura de lo que va naciendo.
Somos sus cómplices,
los niños de su mirada
a los que ha otorgado la noche para que veamos
para buscar lo esencial en otros territorios
en otros términos
a la luz de una luna más suave
más verdadera
una única luna que nos evite padecer
la sed
el olvido
el desierto que habita nuestro nombre.