domingo 16 de diciembre de 2007

Infancia de las hadas

miércoles 12 de diciembre de 2007

Love lives in a lonely land

Mientras esperaba, casi lo único que veía eran sus manos. Compartía la sala con otras personas. De vez en cuando, el sentimiento subía de nivel y ahogaba su garganta hasta la que la presión lo obligaba a dejar salir una lágrima. No había un dolor en su cuerpo que tuviera relación con lo que estaba sintiendo, de hecho, su cuerpo estaba mejor que nunca. No había comido nada desde el día anterior; salvo dos sorbos de café, su estómago sólo albergaba (suponía) desconocidos jugos gástricos, pero no protestaba ni con ardor ni con inflamación. La tensión lo hacía invulnerable. Abrió los ojos para recibir la mala noticia y como un autómata realizó los movimientos necesarios para llegar hasta ahí, hasta la silla de la sala de espera en la que su cuerpo, en el mejor de los estados posibles, envejecía.

Había más gente a su alrededor. Un grupo de señoras que platicaban discretamente sobre cualquier cosa. No esperaban nada, estaban ahí llenas de certezas y de expectativas positivas. Sabían porqué estaban justo en esas sillas mirando distraída e intermitentemente el show matutino que transmitía una televisión empotrada en la pared. De vez en cuando, atravesaban la sala grupos de personas cuyo ánimo parecía ser el mismo que daba sentido a esos rostros plenos de seguridad y orgullo sobre los cuellos enjoyados de las señoras de la sala. Un pequeño rebaño de niños y adolescentes judíos pasó frente a él en dirección a la máquina de dulces. Uno de ellos, el más pequeño, levantó la mano en señal de saludo. En otra circunstancia hubiera recordado lo graciosos que le parecían los niños vestidos de monaguillos; los había visto en películas, en pueblos; cualquier niño uniformado hacía las veces de juguete de las ideas, de muñeco vestido según las pretensiones intelectuales o religiosas de los adultos. A los seis años lo habían obligado a usar un ridículo traje sastre del mismo tamaño que su pijama azul del hombre araña; que su papá vistiera así todas las mañanas y que nunca hubiera visto una corbata azul tan pequeñita lo sumió en el más grande desconcierto. Llevarlo cada sábado al catecismo era una cosa, pero que lo metieran en semejante disfraz para hacer la primera comunión era extraño y atroz. La confusión le valió un fugaz bofetón de su mamá, la bolsita de obleas dulces después de la misa y una falta de fe en la iglesia que hasta la fecha tenía consecuencias en su vida cotidiana. Aquel niño usando kipá le parecía estar disfrazado para una ceremonia, y sentado en esa silla, con la garganta apretada cuando subía la presión de sus sentimientos, el saludo lo conmovió momentáneamente. Una mujer de bata blanca caminaba a lo largo del pasillo. Estaba embarazada. Lenta y levemente encorvada, arrastraba los pies haciendo sonar sus pantuflas con monotonía. No se veía feliz, ni triste; mantenía un gesto más bien falso, como nervioso. Como algunas mujeres embarazadas se sabía (no sin horror) en el centro de un escenario actuando para los amigos y los parientes el circense milagro de traer un hijo al mundo. Pero la bata blanca y el compás poroso de las pantuflas no era el caso de la mujer que sufre tan grandes dolores de parto que requiere aferrarse a cualquiera de bata azul o a la mano de un marido tenso y contrariado; ni sudaba, ni respiraba escandalosamente. No había nada que la invitara a hacer de su estado un espectáculo, ninguna herramienta melodramática que combinara con la acción que le tocaba desempeñar: parir. Si sus amigos y familiares querían un show, ya podían buscarlo en otra parte, ella no estaba de humor. El médico le dijo: “Todo está en orden Marisa. Es cuestión de esperar. Sal a caminar un rato, siempre ayuda”, y enseguida se retiró para asistir el parto de la señora del 304 que ya tenía diez horas en labor y la cabeza de una nena pelirroja de más de cuatro kilos casi afuera. Así que aburrida y naturalmente emocionada, la mujer de la bata blanca (Marisa) proporcionaba al andar un sonido hueco y regular a la sala, añadiendo al silencio, habitual en las salas de espera, una música acorde con el impasse en el que él envejecía sentado en su silla.

Se percató de que las señoras de los collares evitaban mirarle. Pero más allá de la amabilidad que motiva las reglas de la discreción, el grupo de mujeres parecía evitar su rostro pálido y mortificado por otras razones. Era como si se cuidaran inconscientemente de algo malo (como pasar debajo de una escalera, ver un gato negro, subir al piso trece), como si sospecharan que esa seguridad y ese orgullo puesto en sus rostros estuviera hecho de materia frágil. No lo consideraban así, pero la sola idea de indagar acerca del gesto extenuado y amargo de quien compartía la sala con ellas les parecía tan aberrante, que preferían seguir charlando insensiblemente mientras el monitor mostraba a Nancy de trece años, la cantautora más joven del país, interpretando su éxito Mi corazón es ardiente con un entusiasmo rayano, pero bien intencionado. Para fortuna de las damas, un hombre de traje gris e incontrolable sonrisa, las rescató antes de que subiera de nuevo la marea y su mirada no pudiera evitar liberar nuevamente una lágrima.

No se había sentido así nunca. Esta era la peor noticia que había recibido en su vida, de hecho, aunque en contadas ocasiones había experimentado la felicidad o una plenitud o un vacío al que sólo podía dar ese nombre, su vida, hasta la fecha, estaba llena de buenas noticias. Por supuesto, sabía lo que era estar triste, deprimido, enfermo (de nada grave), pero estando en esa sala de espera se enfrentaba a un dolor muy fuerte que le hacía creer, mientras miraba fijamente sus manos, que vivía una pesadilla. Siempre pensó que la muerte era la única circunstancia de la vida que nadie podía experimentar en camisa ajena; y no pensaba en la muerte como en la suya propia que, evidentemente, nadie experimentaría además de él. Sino en la sensación de perder a alguien definitivamente. Cuando un personaje de su entorno había muerto (nadie realmente especial para él) le pasaba que durante unos días, a veces más a veces menos, todo adquiría una cadencia particular. Se daba cuenta de que el universo puede prescindir de cualquiera, que más allá del cambio que la ausencia ejerce sobre los dolientes, cada árbol se ve afectado en igual medida ese día que el resto del año por las corrientes de aire que viajan constantemente sobre el mundo . Ninguna nube, ningún personaje célebre, ni el sabor del café por las mañanas, varían su delicada y compleja rutina en nombre de quien no abrirá más los ojos. La sensación era impresionante e intensa; la conciencia de un sistema capaz de funcionar con esa indiferencia lo dejaba atónito por unos días. Y después su vida seguía siendo la misma. Café, nube, árbol.

El hecho de que su dolor no fuera constante, sino más bien una suerte de entumecimiento que le mantenía medianamente sereno le hacia pensar y buscar con tenacidad en su cabeza el origen y la cualidad de sus sentimientos. No llevaba encima ninguna herida. Tampoco se trataba de un encuentro cercano con la muerte lo que lo había puesto en tal situación. Dando vueltas a las sensaciones dentro de su cabeza reconoció que su dolor provenía de un lugar muy íntimo al que accedía por primera vez de manera consciente. Como ante la muerte que había enfrentado hasta ahora, los acontecimientos le pegaban del lado, como reflejos de algo terrible que le ocurría a otro. La diferencia era que ahora estaba ligado afectivamente con quien recibía directamente y en heridas, relativamente invisibles, el dolor. Se daba cuenta de que las sutiles diferencias del sistema (café, nube, árbol) definían y graduaban en él cada sensación. Y su lugar en esa silla lo dejaba confundido... Unos años atrás, vio por la televisión a un hombre que despiadadamente arrolló con su camioneta a más de veinte niños de entre dos y seis años porque obstruían el paso de una calle. No podía creer lo que estaba viendo, pero justo cuando su garganta comenzó a resentir la presión, el grotesco uso que los noticieros daban al material fílmico proporcionado por un testigo le pareció indignante y apagó el aparato. En alguna parte de su memoria estaba la tarde remota de su temprana pubertad en que con una curiosidad casi mórbida había vencido la mirada misteriosa de un tigre en la portada de la National Geographic para descubrir en las páginas centrales una masacre de focas en alguna parte de Alaska; cerró la revista y por un instante se le erizó la piel al imaginarse siendo atacado por un encapuchado bate en mano, en medio de un frío polar y sin oportunidad para defenderse. Un nudo grueso cerró su garganta. No volvió a abrir ese número. Había sentido dolor, sí. Directamente, había sufrido cuando alguien no había correspondido su cariño o su deseo o su necedad; durante la adolescencia, había cruzado solo ese desierto o proceso infame en el que se cuestionan todos los rasgos faciales, la complexión y hasta los intereses propios en pos de encontrar una causa razonable que motive el rechazo o la indiferencia del otro. Llegó a sufrir mucho pensado que tal vez había en él algo que nunca había notado, algo que sólo quien lo observaba desde el otro lado podría notar, y que mientras no le fuera revelado en boca ajena –cosa que exigía un enorme descaro o falta de cortesía (de lo contrario, ya se lo hubieran dado a entender)– jamás podría tener la oportunidad de cambiar. Por suerte, esos pensamientos cuasi paranoicos de juventud fueron sanados con relativa prontitud a los 17 años cuando Carolina, la chica a la que todos (incluyendo a dos que tres compañeras confundidas, y a Berta “la lesbiana”) habían deseado desde la secundaria, cedió ante un breve arrebato de confianza de su parte en el que le confesó que tenía las cejas (¡¿cejas?!) más lindas que había visto, y le dio un beso que se convirtió en otro y en otro, y en hacer el amor por primera vez una y otra vez, y en volcarse desenfrenadamente a la pasión y a los rituales dulces y abismales de conocer la intimidad de otra persona, durante tres años, y a pensar que era posible, que existía en el pequeño universo que apenas conocía, otro más pequeño y cálido al que podía acceder estando solo con ella... Pero claro que había sentido dolor. Todo el que cabía en su corazón cuando Carolina se fue con algún otro, porque no le gustaba su modo de combinar los mocasines cafés con la camisa lila que su madre le había regalado una navidad; o porque Miguel la abrazaba distinto (no mejor) que él después del sexo, o porque era tonta (razón que le consoló durante semana y media, aunque después le dejó una resaca de estupidez que empeoró su estado de ánimo); o por alguna causa inexplicable e intrascendente que no tenía caso buscar porque saberla, aunque le obsesionara hasta dejarlo sin sueño, no cambiaría el nuevo curso que su rutina adquiría: ella no pasaba por él a las cuatro después de clase, ella no fingía leer e periódico en su casa mientras él hacía tarea acariciándole la pierna por debajo de la mesa, ella no sonreía con complicidad cuando el andar raro y taciturno del hermanito cruzaba la sala de tele para echarse junto a la ventana a ver los gatos pasar. El café de las mañanas le sabía distinto, pero no porque el universo se percatara de su congoja y diera un giro mostrando interés en su sentir, sino porque él no fue el mismo durante algún tiempo. Después conoció a Lucía y a otras tres Lucías que le dolieron muy poco. Con todas se la pasó bien, a dos hirió en un acto de rapiña emocional sin malas intenciones y a las otras dos las olvidó (como olvidaría a Carolina años después). Jimena era un dolor que todavía tenía efecto (al menos en su ego). Y Andrea era la pérdida que más solo le hacía sentirse, con esa maldita música que el desencuentro le había legado, y ese disco de Billie Holiday que más que haber abandonado en su cuarto por descuido, parecía haber colocado sobre el librero intencionalmente y con el propósito de hacer arder su herida y de que durante semana y media se torturara escuchando Deep song sintiendo que la mano de Carolina, esa mano primigenia que había acariciado tierna y amorosamente su cuerpo, fuera la misma que se había vuelto cruel, en ella primero, y luego en Jimena y en Andrea. Así había sufrido, en casa de sus padres (donde aún vivía), aprovechando las mañanas de casa vacía que las actividades de cada miembro de la familia facilitaban y que le dejaban a él libre de distracciones para terminar la tesis que llevaba dos años escribiendo, o para repetirse love lives in a lonely land y dejar que por causa de la presión subiera la marea y una lágrima corriera por su rostro perdiéndose entre las muchas otras gotas que le mojaban mientras el aparato de sonido sonaba al máximo para penetrar en los muros y atravesar la puerta corrediza de la regadera en la que se bañaba, gozando del reino solitario y efímero de las doce del día. De manera que cuando recibió la noticia de que su hermano se encontraba en el hospital porque había sido golpeado por 16 miembros del ejercito en un pueblo de la sierra hidalguense un sábado por la mañana, sintió que una parte primitiva e inexplorada en de sus entrañas hacía combustión hasta conseguir arrugar su alma como se arruga el plástico cuando se le prende fuego. Su hermano Camilo tenía catorce años. Desde hacía tres semanas santas viajaba con un grupo de la escuela al estado para proporcionar a los habitantes de las zonas rurales los víveres recolectados a lo largo del año por profesores y alumnos. Era tímido y bastante huraño, tal vez demasiado. Pero nunca daba problemas en casa o en la escuela; a sus padres, a decir verdad, sólo a su madre, le daba mucho gusto saber que se comprometía con las causas sociales y que demostraba no ser un niño mimado, como probablemente lo era su hermano mayor al que nunca había convencido de involucrarse en asuntos de carácter social o humanitario. A su padre le daba lo mismo. Y él, al recibir la noticia al teléfono y con los ojos todavía cerrados, casi se imaginaba a Camilo con el uniforme de quienes se comprometen con las causas sociales, en medio de la noche fría de algún pueblo horrendo y pobre de la sierra, a merced de veinte militares armados con bates y bazucas, sin oportunidad para defenderse. Rabia. Ese dolor que le apretaba la garganta se llamaba rabia. Pese a su constante actitud solitaria, Camilo había permitido que su hermano mayor se acercara y de vez en vez le platicaba cosas sobre sus clases, sobre cuál era su materia favorita (le gustaban química y el laboratorio de biología); sobre su mejor amigo Pablito, con el que pasaba casi todas las tardes y cuyo tío Manuel tenía una fábrica de spray para el cabello; incluso le había contado en alguna ocasión, sobre las actividades que realizaban en la huasteca. Camilo le tenía confianza, pero no se veían como amigos. A él, generalmente, le daba más o menos lo mismo saber en dónde estaba su hermano menor una tarde cualquiera, pero sin duda sentía que como hermano mayor le correspondía (instintivamente), ser el que lo buscase para preguntarle algo de vez en cuando. Era su hermano menor, era bueno aunque fuera reservado y nadie lo había defendido de la brutalidad de esos animales corruptos y amanerados que seguro tenían que actuar siempre en grupo para realizar con mediano tino sus salvajadas. Otra vez la presión y la lágrima. Su corazón se estrechaba como una semilla que se va haciendo vieja; tal vez era hora de que se diera cuenta de cosas. Ya no era un niño al que obligaban a hacer lo que no quería, ni un ingenuo al que le costara trabajo asumir sus responsabilidades.

Una enfermera (bata azul) de semblante indiferente (árbol, café nube) asomó por el pasillo y lo llamó por su nombre. Como se le había informado al llegar, su hermano estaba totalmente fuera de peligro. No presentaba ninguna herida de gravedad. No había fracturas. Todos los hematomas eran superficiales y aunque los ojos presentaban derrames e hinchazón (el izquierdo estaba completamente cerrado), todo parecía indicar que los globos oculares estaban prácticamente ilesos. El Dr. Suárez agregó: “Habría que agradecer a los soldados que lo trasladaron. Encontraron a su muchacho en tan mal estado, aparentemente, que decidieron traerlo, a petición de sus profesores, junto con un soldado que se rompió una pierna ayer por la tarde cuando resbaló en una zanja mientras registraban una zona de deslaves con los de Protección Civil.” No entendió nada. “Sí” continuó diciendo el doctor, “en un caso así es mejor no hacer nada. Yo lo entiendo a usted como padre de familia, pero la verdad es que el muchacho está bien. Y no sabemos ni cómo sucedió todo... Estuvo bien que lo trajeran, para tranquilidad de todos. ¿Está usted enfermo?” Con tanta tensión no se le había ocurrido levantarse al baño por un poco de papel para limpiarse la nariz. No estaba enfermo y él no era el padre del muchacho. No estaba seguro de si había decidido no llamar a sus padres, que se encontraban, como todos los sábados, en casa de la abuela, para no asustarlos, o si se había asustado tanto con la noticia que había olvidado por completo que debía avisarles. Seguramente se trataba de una mezcla de ambas, pero al médico prefirió contarle la primera versión mientras éste le observaba con un gesto poco perspicaz. Tras una pausa que no dio más frutos, el médico dijo: “Bueno, como sea, todo está en orden”. Y se retiró precediendo a un séquito de batas azules que casi a coro habían solicitado su presencia en la habitación 208 en donde Trinidad sudaba sin saber que su apéndice estaba a nada de reventarse y que nada tenía que ver con que se hubiera reventado ella sola dos docenas de donas glaseadas la noche anterior, sino que podía ser que la causa estuviera más relacionada con la furia con que había tomado el hecho de saber que no le habían dado buen precio al adquirir el Peugeot rojo de segunda mano aparcado frente a su casa y que además, el próximo año seguiría laborando en su apestoso cubículo junto a los baños del tercer piso porque a Noguera la habían ascendido y tenía oficina con puerta de vidrio junto al despacho del Sr. Arístides Pérez Rosswell (o Mr. Rosswell, como se hacía llamar por los clientes extranjeros).

Absolutamente contrariado, regresó a la sala para sentarse en la silla con los pies recogidos. En un esfuerzo por comprenderlo todo, recreó en su memoria la sucesión de eventos que lo habían llevado hasta allí. A las diez de la mañana la voz de una señora que dijo ser Miss Patty le informó vía telefónica que su hermano “estaba grave”, que había “sufrido un accidente” aunque “estaba bien” y que los militares que lo habían encontrado golpeado lo habían trasladado desde la noche anterior a un hospital de la ciudad en donde él mismo había dicho conocer a un médico. Evidentemente, Miss Patty estaba nerviosa e intentando darle la información necesaria, había incurrido torpemente en un par de frases hechas que dejaban confuso y alterado a su interlocutor. Con una voz chillona que no supo si se debía al llanto o a un defecto de nacimiento le dijo: “Yo no entiendo nada, la gente de ahí es tan pacífica... Apenas si tiene para comer”. Una vez aclarado que su hermano no estaba al borde de la muerte, insistió en que le comunicaran con él. Miss Patty dijo que “no estaba en condiciones de hablar”, pero el tono iracundo de quien acababa de ser despertado y el nerviosismo generado por la circunstancia convencieron a la señorita de que era mejor que la familia tuviera comunicación directa. Escuchó muchos ruidos que no supo cómo interpretar y una conversación que no pudo traducir aunque se esforzó, y luego, una musiquita de operadora y una voz grabada que le decía lo importante que era su llamada, le hicieron entender que Miss Patty le llamaba desde el hospital. Cuando se terminó la melodía (tras repetirse tres veces) una voz ronca que parecía ser la de su hermano dentro de sesenta años le dijo: “Las cabronas me golpearon, como 16” y colgó. Se le retorció el estómago, se puso pantalones y dio dos sorbos a una taza de café que se enfriaba desde la noche anterior sobre su escritorio para salir corriendo rumbo al hospital. En la sala de espera se encontró con un médico atareado que le dijo: “Todo está en orden. Vamos a hacerle un par de radiografías, pero me parece que el daño es solamente superficial” y lo dejó ahí parado en medio de la incertidumbre. Desde que se subió al auto su cabeza había generado miles de detalles que hilaban un dato con otro. Su hermano no había tenido un “accidente”, sino que había sido golpeado, por alguien lo suficientemente enterado en esos asuntos para dejarlo mal aparentemente, pero sin ninguna lesión grave: miembros del ejército. Camilo mismo le había platicado que desde el año pasado había militares merodeando la zona. Se comentaba en San José de Dios, ranchería en la que hacía labor social el menor, que los trabajadores de una mina se habían puesto en huelga y que al no ser atendidas sus demandas y descubrir que el líder sindical estaba haciendo negocio con los patrones a costa suya, habían incendiado la casa de éste. A diez de los trabajadores se les buscaba en la huasteca; cinco habían sido encontrados golpeados cerca del camino de tierra que conduce a San José. “Las como 16 cabronas” debían ser soldados. Se imaginó lo peor. Sintiéndose impotente, se reprochaba no haber sido nunca realmente un hermano mayor. Una parte de sí mismo se culpaba por pasar tantas horas encerrado en su cuarto y en sus cosas. Tal vez si se hubiera involucrado más, si se hubiera informado bien de la situación, le hubiera aconsejado que dejara eso de la repartición de víveres en una zona peligrosa y apartada de la ciudad. Quizás nunca serían verdaderos amigos, había muchos años entre ellos que los apartaban en la rutina diaria. Pero debía actuar con más madurez y dejarse de tonterías. Terminar la tesis y salir de la casa de los padres... O hacer algo, cualquier cosa que lo despertara de la ensoñación en la que vivía, lejos del sufrimiento, acomodado en el palacio matinal de su soledad. Como a cualquiera que se duele de algo, una vez superada a etapa de los auto-reproches, en su cabeza comenzaron a danzar recuerdos muy viejos. Volvió al mediodía en que su padre le anunció que había nacido Camilo. Ya no era tan pequeño y comprendía que esa era una buena noticia, nunca se sintió amenazado por la llegada de otro. Al entrar en la habitación de su madre pudo comprobar que algo muy bueno había ocurrido. A diferencia de la semana anterior en que su mamá había estado algo susceptible y le regañaba a la menor provocación, en el cuarto se respiraba una tranquilidad sorprendente; ella sonreía, y él ya no sabía si las cosas realmente se habían visto así, o si en alguna película había visto un resplandor tan tenue y efectivo, como el que surcaba las facciones delicadas y sin maquillaje de mamá. Tenía a Camilo en brazos. Era chiquitito y no era feo (como los bebés recién nacidos que mostraba la enciclopedia). No se veía arrugado ni rojo. Lo vió bañado de esa luz blanca que robó inconscientemente de una película para recordar más dulce la escena. Sobre la visión que volvía a tener de sus manos, reconstruyó las primeras noches en que le dejaron salir solo de casa, al pasar a la secundaria. En una ocasión, cuando estaba a punto de cerrar la reja del garaje, subió la mirada para descubrir a Camilo en la ventana, agitando la mano en señal de despedida. Su papá le contó que todos los viernes por la noche, cuando se iba, encontraba a Camilo sentado en la ventana del cuarto de tele. Le pareció tierno y se propuso pasar más tiempo con su hermano menor. Pero de manera natural, las nuevas actividades de su vida le fueron dirigiendo a otros sitios. No era mal hermano, simplemente prefería pasar más tiempo en casa de sus amigos jugando Nintendo o en el parque jugado fútbol, que en casa con su hermanito. Hasta que pasó el tiempo y Camilo mismo dejó de reclamar su atención. Se divertía jugando solo. También hizo amigos en el colegio, aunque no muchos. Su madre lo inscribió a miles de actividades, a las mismas que él había asistido a su edad y a otras más. No supo en qué momento se volvió tan reservado. Debía ser la edad, seguramente él también había sido percibido así por sus padres, había tenido actitudes incomprensibles y tontas, seguro que sí. Eso pensó la tarde en que encontró a Camilo y a Pablito en la cocina, prendiendo fuego a un plato con un spray para el cabello y un encendedor. Camilo presionaba el aerosol sobre el plato y luego pasaba la mecha del encendedor sobre el área rociada, al incendiarse al plato lo deslizaba por la barra hasta donde estaba Pablito y este fingía degustar las llamas hasta que se extinguían o hasta que dejaba de causarles gracia. A la cuarta vez, Camilo se puso muy serio mientras observaba el fuego, llenó un vaso con agua de la tarja y lo vació sobre el plato. Pablito dejó de reír, maquinalmente se puso de pie y ambos salieron de la cocina por la puerta que conducía al jardín. Habiéndolo observado todo desde la ventanilla circular de la puerta, él siguió el camino a su habitación y se encerró a leer sin pensar nada especial al respecto. También acudió a su memoria una foto hallada sin querer en la mochila de Camilo. La había encontrado un día que necesitaba salir y se dio cuenta de que había perdido sus llaves, como vio la mochila en el piso y sabía que su hermano estaba en su cuarto preparando su maleta para un viaje a Hidalgo, decidió abrirla para tomar su juego. Entre los cuadernos descubrió la foto de una chica muy guapa; tenía al cabello negro, muy largo; los ojos verdes. Traía puesto un vestido gris muy corto y unos botines que le llegaban a media pantorrilla. Su actitud no era provocativa, no estaba posando, y sin embargo había algo de hipnotizante en su postura. Estaba sentada en el brazo de un sillón café, ligeramente recargada sobre su brazo derecho que descansaba sobre el respaldo; con los dedos de esa mano jugaba distraídamente con las bolitas de un ábaco; en su regazo estaba echado un gatito negro que resaltaba como si fuera una gran mancha en su vestido; la otra mano detenía entre sus dedos una patita del gato. Del otro lado de a foto, con una caligrafía femenina, estaba escrito: “Te quiero”. Sin duda le causó curiosidad saber más acerca de la chica, pero pensó que si no le había contado él mismo, tal vez se sentiría incómodo al ser interrogado. Se conformó con saber que Camilo corría con mejor suerte que con la que había corrido él a esa misma edad. Ninguna chica le hizo caso en la secundaria... El médico era un completo imbécil, al parecer, no se enteraba de nada.

Estaba seguro que este era el momento, que esa grieta que le causaba saber que las heridas de su hermano eran reales, era la señal de que algo estaba cambiando. Se sintió viejo, desengañado. No es que no hubiera creído antes que la violencia existía. Sabía que existía y que en muchos casos, como ahora seguramente, se ejercía sin razón sobre personas indefensas. Podía ser innecesaria e injustificada. Pero el salto entre lo que “sabía” y la carne maltratada de su hermano menor era abismal, demasiado real y contundente. Quería verlo, darle un abrazo y tal vez disculparse por no haber podido protegerlo, por no haber sabido estar más cerca. A punto estaba de dejar salir otra lágrima, porque había concluido que su corazón envejecía aceleradamente cada minuto que pasaba esperando sobre esa silla; pero el llanto repentino de una mujer que entraba en la sala deshizo toda la presión en su garganta. Era una joven más o menos de su edad, pero por causa de la aflicción y las lágrimas que le borraban el rostro, él no podía estar seguro. Lloraba sin importarle nada, ni siquiera notó que a su paso había desparramado un vasito de agua que alguien (quizás alguna de las señoras de los collares) había dejado al pie de una silla. Se tapaba el rostro, se retorcía en la silla sin encontrar remedio en ninguna postura. Él no sabía que hacer, la miraba entre aterrado y curioso. Una anciana entró y velozmente, en un movimiento extraño, como si la sala estuviera repleta de gente, la buscó silla por silla con la mirada hasta dar con el bulto retorcido que mugía dolorosamente a un costado de la máquina de dulces. Una batalla se desató entre las dos mujeres. En un intento por apaciguar a la joven, la anciana luchaba por rodearla con los brazos mientras ésta la rechazaba compulsivamente. Palabras de consuelo se mezclaban con extrañas plegarias. En un principio, la abuela hablaba en un tono dulce y tranquilo, pero a media pelea aumentó el tono de su voz hasta que acabó gritando que viniera una enfermera. Nunca vio un rostro más afligido. Cuando un escuadrón de batas azules entró en la sala y se dio a la tarea de reprimir las convulsiones de la mujer, la cara de ésta se quedó pasmada en un gesto mudo, casi inverosímil. Como si toda la congoja se le hubiera quedado atrapada en alguna parte, su piel se fue poniendo roja y la boca abierta, que había dejado ya de emitir sonidos, se fue petrificando en un sufrimiento mudo. Las batas azules lograron cargarla cuando ya su cuerpo se había convertido en el una estatua, entre fetal y amortajada. No pudo más. Se levantó de la sala y cruzó la puerta adelantándose a las enfermeras.
Estaba recargado en la pared del pasillo, turbado y con la frente llena de sudor, cuando alcanzó a escuchar que algo o alguien le decía de pasada: “Está en la habitación 120, puede pasar a verlo”. Se enderezó y plantó los dos pies firmemente en el piso. La habitación 120 estaba un piso abajo, tomó el elevador. Cruzando el corredor a mano izquierda, ahí estaba Camilo. Entró al cuarto despacio, sin hacer ruido. El sol que entraba por la ventana le achicó la mirada (no había notado que la luz artificial de la sala era bastante tenue). Su hermano estaba dormido. Lo observó sin poder evitar que la presión le entumiera la parte posterior de las orejas. Se veía feo y morado. Le dolió mucho ver su mano, todavía medio infantil, raspada y con bastantes hematomas. Inconscientemente, la luz que caía sobre sus heridas trasfiguró a Camilo en un niño pequeño. Y lloró silenciosamente. Junto a la cama había un sillón acojinado (mucho más cómodo que la silla de arriba) y decidió sentarse. Cerró los ojos, más que por sueño, porque la luz le seguía lastimando, pero de pronto se sintió profundamente cansado. Y se quedó dormido. Pasó poco tiempo antes de que alguien tocara la puerta. Se levantó a abrir y apareció Pablito con un vendolete en la cabeza. Detrás de él venía un hombre de unos treinta años que se presentó como Julián, el profesor de matemáticas y le pidió que saliera un momento para ponerlo al tanto de la situación, sintió que el momento más terrible –y liberador, en cierto sentido– había llegado. La historia era la siguiente: Tres años atrás, la directora del colegio, la Sra. Vidal, había tenido la idea “seudo-aristocrática y estúpida” de, no sólo llevar alimentos y enceres domésticos a las zonas rurales, sino además, llevarles unas mascotas. La subdirectora, y en general los empleados involucrados en el proyecto, dieron a entender por medio de amables eufemismos a Miss Vidal (como le conocen todos), que su idea era poco loable dada la carencia económica que padecían los habitantes de dicha región. ¿Quién, si ellos mismos se encontraban en dificultades de proveer a sus propias familias, se encargaría de alimentar a las mascotas? Alguien arguyó que era bien sabido por todos, que en las rancherías había cientos de perros hambrientos con los que de hecho la gente compartía lo poco que tenía, y que llevarles más hocicos que alimentar estaba completamente fuera de sitio. Miss Vidal no se indignó, tenía, a pesar de todo, buenas intenciones. Tras juntas y juntas, y largas horas de discusión, decidió que ella misma se encargaría de la manutención de las mascotas, que ya había decidido que serían gatitos y que empezarían implementando un programa en la escuela primaria de una comunidad poco numerosa en donde enseñarían a los niños a cuidar de ellos; los gatitos vivirían en el salón de clase y no darían problema a ningún miembro de la población, ella buscaría a alguna maestra que por una módica cantidad extra se dedicara de ver por las gatos los días que no hubiera clase. El primer año “el programa” funcionó bien. Más allá de la extrañeza que provocó en los pobladores de San José de Dios el arribo de cuatro gatitos al salón de la Escuela Rural Primaria Miguel Hidalgo 8, a los niños les entusiasmó la idea y dieron nombre a todos los bichos cuidándose de no usar nombres cristianos como el padre Juan les había indicado. Muecas, Pinto, Chato y Canelita fueron los nombres de los primeros gatos. Al año siguiente, Canelita dio a luz otros cuatro (Tocayo, Estrella, Musiquita y Zopilote). Pero lo terrible ocurrió cuando en Semana Santa de ese mismo año dos de los ocho desaparecieron sin dejar rastro. Nadie se enteró ni cómo ni cuando se habían perdido. Al revisar en salón de clases se dieron cuenta de que faltaban Pinto y Musiquita. La maestra Laura, encargada de cerrar con llave todas las noches el salón, estaba segura de haberlos visto a todos la noche anterior.

(Julián le narró con parquedad los hechos. Los detalles anecdóticos fueron añadidos por Miss Patty cuando se entrevistaron con ella los padres de Camilo).

Esta Semana Santa, para ser exactos, una noche antes de ese sábado en que le llamaron por teléfono para darle la mala noticia, encontraron a los responsables de la desaparición de los primeros gatos mientras perpetraban un segundo acto atroz contra Muecas y Chivo (de última generación). A las nueve de la noche, hora en que la mayoría de los habitantes ya se encuentra en sus camas por falta de energía eléctrica para realizar otra actividad, dos estudiantes lograron abrir la puerta del salón y extrajeron del mismo a ambos gatos. Posteriormente, se dirigieron a la parte trasera de la pequeña iglesia de San José de Dios en donde rociaron con spray para el cabello a ambos animales. Los ruidos despertaron a Chucho, un niño de nueve años que estudia en la Primaria Rural Miguel Hidalgo y que vive en una casita de piso de tierra a unos metros de la capilla. Sin poder distinguir bien a los estudiantes, Chucho pensó que se trataba de Eulalio, el hijo de doña Nuria que cada Sábado de Gloria sale a aullarle a la luna. Pero cuando Chucho vio un par de resplandores agitándose en la oscuridad, alcanzó a reconocer a los muchachos y regresó a su casa para avisarle a su mamá. La señora Inés salió "echando humo por la nariz" y a su paso despertó a Maura y a Toñita, sus vecinas, quienes la siguieron armadas con palos y sartenes pensando que se trataba de algún ladrón que se había metido en el maizal como a veces ocurría. Julián explicó que en las rancherías de la región quedan pocos hombres, la mayoría está en los Estados Unidos o en la capital del país y desde ahí envían dinero para sostener a sus familias. “Las señoras están acostumbradas a hacerse justicia con mano propia”. Uno de los muchachos (Pablito) sólo recibió un sartenazo y logró escapar para irse a refugiar en lo alto de un árbol. Al otro le tocó recibir la descarga de palazos y cachetadas que las señoras iracundas (que se multiplicaron hasta ser doce) le pudieron dar, hasta que los profesores y demás estudiantes, que dormían en casa del padre, fueron despertados y convocados por la multitud. Camilo quedó inconsciente y después de encontrar a Pablito y persuadirlo de bajar del árbol, ambos fueron trasladados en troca hasta Huejutla, en donde, efectivamente, un grupo de militares se alistaba para regresar de emergencia a la ciudad para que un comandante que se había roto la pierna fuera atendido.

Quedó perplejo. Intentó tragar saliva, pero tenía la garganta seca. Julián abrió la puerta de la habitación 120 y llamó a Pablito para anunciarle que se iban, tenía que llevarlo con sus padres. Lo último que vio del rostro de su hermano fue unas especie de sonrisa dirigida a Pablito. Una mueca horrible que nunca olvidaría. Cerró a puerta y llamó a sus padres. Regresó a casa y se encerró en su habitación. Sus padres volvieron como a las siete, con Camilo. Pero él no abrió la puerta.


Una semana después, frente a un libro, pensó que el café no le sabía distinto. La decisión precipitada e inútil de retirarle el habla a su hermano por algún tiempo alteró mínimamente su rutina. Se sintió infantil. Ya no le era posible disfrutar de ese reino efímero construido sobre el vacío de la casa; desde que Camilo había sido expulsado de la escuela y se dedicaba a rondar serio y cabizbajo por las habitaciones, un silencio enrarecía el ambiente y la sensación de estar solo se tornó densa. Descubrió que su hermano fumaba en el jardín trasero, las colillas amontonadas en una macetita china le revelaron que llevaba mucho tiempo procurando ese rincón. Una mañana, muy temprano, después de que escuchara el automóvil de sus padres ponerse en marcha, oyó que la puerta del jardín se abría y se levantó para asomarse por la ventana. Se quedó helado: Camilo sostenía a Borla (el siamés gordo y hostil de Eugenia, la vecina) con una mano y con un gesto amable y tierno le pasaba la otra (en la que sostenía un cigarrillo) por todo el cuerpo; acariciando al gatito a petición, según ladeaba la cabeza bajo su mano, se lo llevaba hasta la cara para besarlo y susurrarle cosas en una de sus orejitas. Creyó ver que una lágrima bajaba por su cara (aún hinchada) hasta perderse entre el pelaje gris que se retorcía placenteramente bajo su barbilla. Sintió algo raro en a garganta. Carraspeó y se dio media vuelta para encerrarse en el baño. Después de ducharse decidió salir a comprar el periódico. El día era bonito. Un cielo muy azul hacía brillar las hojas de los árboles y un leve viento refrescaba la atmósfera. A las tres de la tarde Mr. Rosswell sufrió un infarto. Al recibir la noticia, mientras se recuperaba de la cirugía, Trinidad se sintió culpable sin saber por qué. Noguera se enteró después, había llegado tarde a la oficina.