miércoles 20 de mayo de 2009

Orsino loco









viernes 3 de abril de 2009

lunes 23 de febrero de 2009

Número 11, La primera mujer

Eva barre desconcentrada el piso
dibujando sin prisa los azulejos

Tiene la espalda curva
como la mujer que está naciendo
todavía oculta en el vientre de su madre
Una costilla no le alcanza
de eso está segura

Es diminuta
gris
silenciosa

Es la primera
pero parece la última
envejacida antes del alumbramiento
No sabemos cuántos años tiene
o si en casa le esperan los hijos

Por la noches
cuando su rostro serio descansa sobre la almohada
Eva sueña con una manzana
pero como le da lo mismo saber o no saber
Eva no la muerde
ni se la ofrece al esposo que no tiene

Cada vez que pasa con el trapeador
nos insinua que podemos seguir jugando
al paraiso

viernes 6 de febrero de 2009

Número 1, De cómo surge la ficción

Camino sobre el asfalto de bronce, como salido de una historia fantástica, encantado por la hora en que todo está por suceder. Mientras, los pájaros pintan de rosa pálido el cielo, apenas azul, apenas lila. El aire es más aire por la mañanas, nos promete la novedad, aunque después al suelo le salga humo y las manos se pongan pegajosas de tanto manosear las horas. Tengo convicción por las mañanas, todo me vuelve a surgir y vuelvo a ser la niña que va a la escuela: una luz entre las hojas, el aire frío, un perro orinando en la jardinera, el viejo disfrazado de atleta, la señora que se aleja con un grito veloz de motor... Cómo evitar un artificio tan delicado, tan puro. Camino hechizada hasta que crezco sobre mis pasos otra vez.

miércoles 28 de enero de 2009

Número 57, El Castillo Sobre el Agua

Una vez más había tenido el mismo sueño. El barco que se mecía y una bruma intensa que ocultaba momentáneamente a sus personajes. Estaba la Reina Convertida en Sapo; la Princesa de los Cinco Minutos y la Chica de la Borda que no sabía si aventarse o no porque tal vez el agua estaba demasiado fría. La primera vez que tuvo el sueño, dormía tan profundamente, que al despertar no sabía si era el marinero el que estaba soñando o si volvía a ser Juan después de un viaje astral de seis horas y trece minutos abordo de un navío.

"¡Eh, marinero! Deja de mirar a la Chica de la Borda y ven a jugar a las cartas", fue lo primero que le dijo la Princesa. "Te quedas aquí y juegas porque así lo digo yo". Aunque le resultó algo antipática, no podía negarse a un juego de cartas. Además, una vez en su camarote comenzó a sentirse divertido. Una serie de incoherencias los ponían a él y a la heredera al trono a reir dando patas en el suelo. A ella se le iba resbalando poco a poco una corona que le quedaba cada vez más grande. Juan se sentaba a la orilla de la cama y entre risa y risa se iba yendo hacia abajo hasta dar con el piso. La Princesa era alta, flaca y panzona. Y cuando a él se le ocurrió decirle: "Parece que te comiste una pelotita", la señorita irrumpió en llanto y pegó los alaridos que cualquier niño de dos años pega si le niegan un dulce. Como en todos los sueños, él entendió que lo que seguía era bajar al calabozo a alimentar a la Reina Convertida en Sapo.

Se sintió aterrado. Tenía que atravesar la cubierta y todo le parecía estar empapado por la bruma. Seguramente, sudaba bajo las sábanas. Intentó encontrar con la vista a la Chica de la Borda, pero sólo alcanzaba a ver un pedazo azul de su vestido que al instante desaparecía entre la humedad. Si era un día nublado o si se avecinaba una tormenta, no podía saberlo. Lo que era cierto es que sentía un miedo que lo atormentaba hasta ya no querer ver el entorno gris que lo circundaba. Bajó las largas escaleras. Atravesó las calderas y al fondo de una ruidosa maquinaria, vio una puerta que se entreabría con el vaivén acuoso del barco. No pudo sino seguir avanzando hasta tocar la manija dorada de la puerta. No se atrevió a espiar por la mirilla , pero pegó la oreja a la puerta y escuchó que alguien lloraba adentro. Tocó tres veces. Nadie abrió. El murmullo vago de quien llora a escondidas se escuchaba a pesar de las máquinas. "Oye", dijo en un tono suave, "no llores". Una mano oscura se posó sobre la mano de Juan que apenas ozaba abrir la puerta. Sus dedos quedaron cubiertos de una sombra líquida que le dio asco y muy quedo, en una voz apenas audible, escuchó con terror que le decían del otro lado de la puerta: "La reina come pedazos de tigre".

Despertó agitado. Faltaba media hora para que sonara su alarma, pero no lograba conciliar el sueño otra vez. Después de cinco minutos de estar pasmado y en silencio, Juan comenzó a reir. No sabía muy bien porqué, pero depronto se sintió ridículo y le dio risa. Le venía a la cabeza la imagen de la princesa con la enorme corona a medio caer sobre la cara. Recordó que antes de tener la lujosa pieza hasta el cuello, la chica hacía torpes esfuerzos por mantenerla sobre la frente, pero sólo conseguía dejar un ojo visible mientras el otro parpadeaba trabajosamente entre la corona y una maraña de pelos. Con aires de creerse muy lista se ponía unos lentes enormes sobre la cara y le decía que "la gente inteligente piensa el doble si usa gafas". Se acurrucó con una sonrisa en los labios y decidió olvidarse del barco y de la bruma.

A los quince minutos ya estaba volviendo a pasar el trapeador sobre la cubierta del barco. No podía saber como, pero silbaba como nunca había silbado en su vida. Se dio cuenta de que estaba soñando y se esforzó por silbar la canción más difícil. Sólo se le ocurrió intentar Penny Lane. La Chica de la Borda se sentó cerca y comenzó a mover los pies. Su vestido era de una tela azul electrico que contrastaba con todo lo que podía verse alrededor. Tenía la cara triste. Cuando Juan la vió en su primer sueño en el Castillo Sobre el Agua pensó que se trataba de una mujer joven; pero ahora que la veía ahí, a su lado, se daba cuenta, sólo con observar el ritmo de sus pequeños zapatos, que se trataba de alguien mayor. Estaba a punto de decirle algo cuando apareció la Princesa de los Cinco Minutos, descalza y sin corona. "Estoy muy cansada. Cantas y luego bajas a alimentar a la Reina". Era evidente que la Princesa no estaba preguntando sino dando órdenes; cruzó el espacio entre la Chica de la Borda y Juan y se recostó sobre uno de los escalones que conducían a la cabina de mando, a unos metros del trapeador. Fue en ese entonces que él tuvo la duda acerca de si la Princesa era buena o no. Una luz blanca le iluminaba la cara y el resto del cuerpo, como si tuviera un aura muy brillante. Llevaba puesto un vestido blanco, unos lentes para el sol y unos claveles rosas detrás de la oreja. Un clima ajeno al del navío parecía rodearla. Se seguía viendo larga pese a estar acurrucada a lo largo del breve escalón, como un animal protegiendo algo al centro. Juan entonó tímidamente Imagine, lo mejor que pudo. Silbaba de maravilla, pero lo de cantar ni en sueños se le daba. La Princesa se contrajo cada vez más hacia sí misma, se quitó los lentes y los dejó caer despacio sobre la cubierta. Una ternura repentina le inflamó el pecho. No, no era mala la Princesa, estaba muy sola y era fea, con esa "pelotita" a la mitad del cuerpo . La Princesa se tocó la frente con el dorso de la mano, después uso las dos para frotarse las sienes como si le doliera la cabeza. Él se puso nervioso y aceleró el ritmo de la melodía. Cantó la última estrofa con un berrido entrecortado y al terminar ella dijo: "Odio esa canción... mejor lárgate". De pura humillación habría arrojado al agua su guitarra (o el trapeador), pero intulló que aquello sería peor. De ninguna manera quería atravesar de nuevo las calderas para dar de comer a la Reina, pero se percató de que ya había entrado en ese lapso del sueño en el que la pesadilla se aproxima y la certeza de algo ineludible comenzaba a angustiarlo.

Para prevenir el clásico mal sueño de caer por las escaleras hacia el vacío Juan se recargó en la pared y bajó del lado los escalones que conducían al calabozo. Otra vez cruzó las calderas. Otra vez atravesó el ruido de las maquinas que prestaban movimiento al barco. Otra vez dio con la puerta entreabriéndose. Pero ahora no escuchó nada. Tenía miedo, pero también tenía ganas de zafarse de una vez por todas de alimentar a la Reina. "Pasa", le dijeron desde dentro de la habitación. Ni siquiera en sus mejores sueños, ni cuandos se había ido a la cama sin cenar, Juan había soñado con una habitación como la de la Reina Convertida en Sapo. Era un cuarto pequeño de paredes rosa claro. Por cada pared había una mesa, y en cada mesa los más variados y deliciosos postres y platillos. Al centro de la habitación, la figura de un sapo con la mitad del cuerpo en una tina de madera se opacaba con el resplandor de las viandas. Como una masa de lodo, la Reina Convertida en Sapo respiraba tranquilamente. "Señora, ¿por qué no se infla como los otros sapos?", se atrevió a decir él. La Reina parpadeó tan lentamente, que Juan pensó que se estaba quedando dormida y repitió su pregunta alzando la voz: "Señora, Reina... ¿por qué no se infla como antes?", dijo, equivocando nerviosamente la frase. "Ya no tengo miedo", dijo la Reina, "ya no tengo hambre tampoco". "¿Quiere que me lleve todo a la cocina?", preguntó Juan."No, preferiría que se empiece a hundir el barco". No había terminado de pronunciar estas palabras la Reina, cuando Juan sintió que el agua le cubría los pies. Fue entonces cuando todo comenzó a suceder en cámara lenta. Al principio, Juan intentó aferrarse al poder de su voluntad y como quien nada en sentido contrario a la corriente, se esforzó gritando sin voz y manoteando sin obteber moverse ni un milímetro para correr y salvar su onírica existencia. Muy pronto el agua sacó a la Reina Convertida en Sapo de su tina y la puso a flotar. Su cara verdusca se dejaba llevar por la corriente con un gesto impasible. No le quedó otro remedió a Juan que resignarse. Podía seguir tratando de despertar, no era la primera pesadilla que tenía, pero escuchó que la Reina pasaba a su lado y rejurgitando tragos de agua le decía: "Te voy a salvar". De manera que Juan relajó cuanto pudo sus músculos y se dejó arrastrar entre tartas de fruta y pedazos de canard à l'orange.

Cuando el agua los llevó hasta la cubierta, la Princesa se hallaba trepada a la mitad del mástil. Entre barriles que se estrellaban unos con otros, Juan la observó confundido. La princesa sonreía y cantaba a gritos: "¡And in his pocket is a portrait of the Queen!". Avergonzado de sí mismo, como si la señorita hubiera puesto en evidencia sus intenciones de abandonar la nave que se hundía, Juan alzó la cara lo más que pudo para poder explicarle que no, no llevaba ningún retrato de la Reina en su bolsillo. Pero era inútil, la Princesa de los Cinco Minutos estaba como embriagada con la catástrofe. Él no pudo evitar conservar en la mente el rostro absurdo de la Princesa aferrada en las alturas; se sintió conmovido y se lamentó de no poder salvarla, pero al poco tiempo revivió en su pecho la sensación de haber sido humillado y deseo que la Princesa se fuera al fondo del mar junto con su Castillo. Desde ahí, no podría maltratar a nadie con sus desplantes, pensó él, puesto que todos los peces se aburrirían de verla acomodar una y otra vez aquella corona demasiado grande para su cabeza.

Sin darse cuenta, se halló, sin más, sobre el lomo de la Reina Convertida en Sapo. Juntos se distanciaron poco a poco del Castillo, volteando de vez en cuando para corroborar que éste es iba escondiendo bajo las olas. No muy lejos, encontraron a la Chica de la Borda flotando boca arriba. Su cabello se movía bajo el agua como si fuera una sirena. Tenía un gesto sereno en el rostro, como si por fin hubiera conseguido lo que quería. Juan la tomó por debajo de los brazos y comprobó que sonreía. La dejó ir. Recostó su cara sobre la espalda anfibia de la Reina e intentó dormir. Ya pronto saldría el sol. Lo último que vió fueron los platillos que tanto le habían sorprendido flotando dispersos y despreocupados sobre sus bandejas de plata. En alguna parte, entre un lechón y un pastel de fresa, el tímido rostro de una mujer seguía meciéndose entre ola y ola.

martes 13 de enero de 2009

Año nuevo

Nadie dijo “Dos mil ocho” otra vez. Los encargados de poner las fechas cerraron sus maletines y pasaron al salón de descanso a beber una copa. En la barra, había los que discutían las nuevas formas de inducir cifras en los cerebros humanos; había los que se burlaban de los jubilados, aquellos viejos destinados a acumular los números en los closets de sus casas, ya sin un uso que darles y resignados a recibir las notificaciones de los años siguientes. Había un par de obstinados que encontraban gracioso el hecho de que al despido de tal, un hombre se había quedado pensando en 1977 para siempre; a otros les era indiferente lo que ocurría con el resultado de su trabajo, les bastaba con recibir una paga para quedar satisfechos. Uno de estos indiferentes personajes, con su corbata azul cielo aún puesta, fijó la mirada en el archivero gris (un típico archivero gris de las oficinas Tiempo Real) que llevaba el tipo que se encontraba a su lado en la barra del bar. Las fichas parecían exceder la cantidad normal, al punto que deformaban la piel suave del maletín y dijo, casi sin pensarlo, “Eh, sí que has trabajado hoy...”. El dueño de los papeles (traje gris, sin corbata y con anteojos) volteó lentamente y fijo su mirada vidriosa y oxidada en los ojos de su compañero de barra. Sin saber qué hacer, el sujeto de la corbata alzó con mano temblorosa su trago y bebió desesperadamente dos grandes tragos de whisky. Finalmente, con la boca aún escurriendo los rastro del ultimo sorbo sobre el cielo raso en su pecho, añadió: “No es que me importe”. La corbata azul no sabía si eran los ojos melancólicos del dueño del rebosante maletín o el cansancio acumulado de las últimas semanas, pero de pronto sintió que una fuerza lo atascaba a su banquillo y lo acorralaba a permanecer sentado en esa situación incómoda. “No te apures”, dijo lacónicamente el de los anteojos, al tiempo que ladeaba su copa de vino y perdía la vista en el color bermejo. El silencio se restableció entre ellos. La nube de las conversaciones circundantes se dejó escuchar de nuevo en los oídos de la corbata azul cielo quien, con un poco menos de desenfreno, apuró el resto de líquido que quedaba en su vaso, hasta que los hielos dieron con la punta de su nariz. Sumiso, miró en el interior de sus bolsillos, revisó discretamente el fondo de su cartera, pero no encontró nada. Se distrajo brevemente en los frascos y en las botellas del mostrador, lo suficiente como para que algo de hielo se hiciera agua. Esta vez, resignado, se colocó el vaso en posición de beber dejando que un último y menudo trago se disolviera en su boca, mitad saliva, mitad hielo. Se echó para atrás y bajó del banco para dirigirse a su casa. Su traje gris se difuminó entre los trajes grises de la sala

El maletín atestado de papeles apenas se movió. La mirada grisácea de su dueño continuaba extenuándose entre los colores rojizos de la copa. Algo así como “No hay nada más viejo que el oro” masculló, y de un sólo trago devoró el contenido de la copa que lo hipnotizaba; volvió a ladearla sujetándola con los dedos estirados y por un corto lapso de tiempo la miró como si en su interior aún se mecieran los destellos rojos del vino. Pero nada. Apoyó la copa, miró de reojo sus dedos amarillentos sobre la barra y dejó que el encargado vertiera más contenido en el interior de su vaso. Así pasó toda la noche. En cada copa se bebía las miradas perdidas de los que lo rodeaban, las discusiones acaloradas, las discusiones absurdas, los besos calientes de los que se arremolinaban de camino al baño, la danza despreocupada del gerente ebrio, el rostro sonrojado de la secretaria que aún conservaba el peinado rígido, las notas desafinadas del que había insistido en tocar el piano... Cada copa se llenaba de gestos y de humores nuevos, pero en medio de todo, entre su garganta y su pecho, se acumulaba una tibieza, un calor saturado, pero complaciente.

Salió del salón cuando las luces del amanecer apenas se insinuaban. Caminaba mareado, bailando de un lado a otro en medio de la avenida. Se dejaba llevar ciegamente por los pasos que apenas podía dar, hasta que su silueta se perdió como un trago dulce, visible en el vaivén remoto que prometía el alba.

M.J.R.
31 de diciembre de 2008

domingo 23 de marzo de 2008

Un huequito para mecer a un Hero

Al final, Machequina decidió que Hero, el simpático niño coreano que se sabe Hey Jude (entre muchas otras canciones de los Beatles), había estado ya cantando mucho tiempo desde su blog. Una y otra vez, desde ese sillón decorado con carritos de peluche -seguramente colocados por sus orgullosos padres, muy de acuerdo con la condición infantil del intérprete, y sin exagerar demasiado en lo evidente- se vio al pequeño sincronizar su casi recién estrenada sinceridad y emotividad musical con el espíritu de aquellos Beatles de mayo del 68. Hero lanzó su primer alarido auténticamente de rockstar para unos cuantos extraños que visitaron el blog (sin contar aquí, por supuesto, a los 1, 531, 210 seres incógnitos que han soltado el ancla –hasta, más o menos, este instante- en You Tube para verlo cantar, y de los cuales habría que restar, obviamente, a sus orgullosos padres, tíos, primos, amigos de papá y mamá, y demás, que pasan a formar parte de otro tipo de ser-incógnito en la vida del menor) y para todos y cada uno reiteró con exactitud de piedra los mismos movimientos y gestos atrapados en un minuto 42 segundos; así, hasta superar cuantiosamente las veces que cualquier niño de dos años y medio puede permitir que le hagan repetir cualquier acto registrado en su invariablemente curioso itinerario para el entretenimiento de tíos y tías (primos, amigos de papá y mamá y demás), con todo y con que a esa edad la repetición es el acto más redundado y reiterado por los incansables infantes que son capaces de embotarse en el ritual perpetuo de una palabrita o de una vuelta sobre su propio eje más tiempo del que cualquier adulto puede disolver jugando solitario, stumboleando, buscando pornografía, viendo perfiles en Facebook o redactando ese el “último” correo electrónico para Él o para Ella que acaba con un simulacro tortuoso que oscila entre el “no quiero saber más de ti, no respondas” y el “entiendo si no respondes”, léase: “pongo mi esperanza, mi moral y la bondad de la humanidad en que respondas”. En fin, que hoy, después de una buena cantidad de vueltas, Hero repitió esa composición de Hey Jude (que no es la que dura siete minutos en todos los álbumes) por última vez desde Machequina, porque la autora de este blog consideró determinante que Hero necesita descansar; que el Hero de la guitarra que apenas puede sostener es un Hero de verdad que desayuna, come y cena, que juega pensando en dios sabe qué cosa, que ríe y que da patadas cuando algo no le gusta; un ser despreocupadamente pequeño que se acurruca por las noches en un huequito cerca de mamá o papá y cae exhausto tras la increíble e interminable rutina de su infancia olvidable, de esos días que se van llenando rápidamente y a los cuales su memoria no es capaz de abrazarse por completo. Y entonces Machequina pensó en la cápsula de tiempo en la que vive el otro Hero, el de la repetición insaciable que teje telarañas resplandecientes en las pantallas. El Hero que alguien encontró como se encuentran todas las cosas que navegan hacia nosotros en el ciberespacio y que una noche ociosa puso una sonrisa en su cara, la cara evanescente de Machequina (que no puede sino ser evanescente en este espacio). Ese Hero que no es Hero, sino otro que repite lo que el segundo alguna vez fingió hacer. Y así como hay un Hero que vive un sin fin de veces los mismos actos invocados por los desvelos de los que naufragan a media noche en Internet, hay otro que vive un sueño en un huequito de palabras que Machequina ha decidido construirle... en un desvelo, muy lejos del otro Hero, imposible de ubicar con coordenadas exactas y cuyos movimientos y gestos son tan imprecisos que sus padres tienen la impresión de que crece y va dejando de ser, poco a poco, un mismo Hero.